Punta del Diablo, Uruguay
Bibliotecaria, escritora, cocinera toda la vida
Nací en Montevideo, de padres italianos, y pasé la mayor parte de mi vida entre anaqueles, fichas catalográficas y el olor inconfundible del papel viejo. Durante cuarenta años fui bibliotecaria en el sistema público: primero en una sucursal de la Ciudad Vieja, a media cuadra de la Plaza Matriz, donde los plátanos hacen sombra hasta en invierno, y después en Pocitos, cerca de la rambla que recorría cada mañana antes de abrir.
Me jubilé en 2019 y me mudé a Punta del Diablo, donde convivo con cinco gatos, dos perros y una conexión Starlink que me permite escuchar íntegramente las cantatas de Bach sin interrupciones. Me levanto con el sol, desayuno mirando el mar, y cocino platos griegos y armenios que aprendí en un viaje a Creta que hice de joven y del que nunca me recuperé del todo.
Hay un viaje que te marca. El mío fue Creta, en 1987. Fui a visitar ruinas y volví cocinando. Aprendí a hacer musacá en la cocina de una señora que no hablaba una palabra de español ni yo una de griego, y sin embargo nos entendimos perfecto. Después vino Armenia, vino la harissa, vinieron los manti, y la cocina se convirtió en mi segunda lengua.
De la biblioteca me traje la manía de los sistemas de archivo. Mis recetas están catalogadas como si fueran libros: por región, por estación, por humor. Los gatos están catalogados por temperamento. Los perros se resisten a toda clasificación, como debe ser.
Aire es mi primera novela. No tengo previsto escribir una segunda, pero eso mismo dije de los gatos —que con dos bastaba— y hoy tengo cinco.